En la Sierra Nevada reacondicionan el hogar de ranas y loros únicos en el mundo
eltiempo.com Javier Silva Herrera
La Cuchilla de San Lorenzo, en esta sierra, ha sido considerada como una de las principales reservas ecológicas del mundo
Hay una justificación de peso: en sus montañas está la concentración más alta del mundo de aves endémicas (21), es decir, animales que no se encuentran en ningún otro sitio del planeta.
Uno de ellos es un pequeño loro verde esmeralda, que con el tiempo se convirtió en emblema del lugar: el periquito de Santa Marta. Pero también es el hogar del tororoi, de la tángara, del atrapamoscas y el candelita.
Incluso, allí viven búhos recién descubiertos que ni siquiera han sido bautizados y nueve especies de anfibios exclusivos del país. Entre ellos, una ranita del tamaño de una almendra llamada ‘cristal’.
La cacería y la deforestación pusieron a muchas de estas especies al borde de la extinción. La subsistencia de algunas es crítica, al punto de que sus poblaciones se han reducido en 80 por ciento.
Pero les acaban de dar una segunda oportunidad. Setecientas cincuenta hectáreas de la Cuchilla de San Lorenzo son desde ahora una reserva ecológica, un lugar sagrado para frenar la depredación.
La reserva se llama El Dorado por el color que tienen sus atardeceres, y está ubicada a tres horas de Santa Marta, en un lugar desde donde se ven el mar Caribe y los picos nevados Simón Bolívar y Cristóbal Colón.
La zona fue creada por Proaves, Conservación Internacional y American Bird Conservancy (ABC), tres de las 70 organizaciones ambientales del mundo que alzaron la voz para aclarar que este era ‘un lugar prioritario para la conservación en el mundo’.
“Es un verdadero oasis de biodiversidad y la joya viva más grande del planeta”, dijo de la región George Fenwick, presidente de ABC.
Reforestaron con foráneos
La iniciativa nació inspirada en la tragedia, cuando muchos biólogos comprobaron que esa pequeña porción del ‘paraíso’ estaba a punto del colapso. El tráfico ilegal de especies diezmó el número de ejemplares y la agricultura ha puesto en jaque sus suelos.
Pero lo más grave es que el Inderena, hace más de 20 años, reforestó más de 200 hectáreas con pino y eucaliptos, árboles foráneos que perjudicaron la estabilidad de la fauna. “Estas plantas, que están en las zonas donde viven las especies más amenazadas, acidifican el suelo y reemplazaron otras nativas de las cuales dependía el alimento de las aves”, explicó el biólogo de Proaves Andrés Páez.
Pero se busca que El Dorado, que se inauguró ayer, además de reserva natural sea un destino ecoturístico.







