Cotorra de La Española se aclimatan en Santiago
SANTIAGO - Se mecen alegres con sus pichones, pequeñas joyas emplumadas en verde, de pico retorcido y todavía tierno.
No les importa conflicto alguno porque aprendieron temprano que esas debilidades pertenecen a la humanidad no al reino sencillo y elemental de los pájaros libres y sin querellas.
Son las cotorras salvajes de la cordillera, aclimatadas en pleno centro “histórico” de Santiago.
Esta conquista del área urbana no tiene precedentes.
Sus orígenes inmediatos están en lo profundo del bosque que rodea al pico Duarte e inmediaciones.
Que se hayan ido adaptando a este ambiente tan conflictivo y particular, ajeno a sus hábitos comunes, obliga a protegerlas.
Entre alborozadas de sí y de sus conquistas e indiferentes al mundo circundante tejen un dialecto indescifrable mientras vigilan a sus adorados pichones en un nido oscuro y dulce empotrado en la horqueta de una mata de leucaena que da a la inquieta calle Del Sol.
Su sociabilidad es crucial
Cooperan en todo desde trabajar duramente el nido semiplano y aireado, no techado como el de las ciguas palmeras al que se parece salvo por su carencia de cubierta, y que sobrevuelan con frecuencia para asegurarse de que no habrá sorpresas desagradables, hasta en el alejarse en grupo decenas de kilómetros alrededor para ver cómo van las cosas en otros hábitats.
Toda criatura viva es de una complejidad tan marcada que si no hubieran transcurrido millones de años de evolución y adaptación, sostenidas en una ley todavía no muy comprendida, nada garantizaba su permanencia en el planeta.
Tienen las cotorras la suerte que les falta a las garzas, cuya ruta de escape pasa con frecuencia por las líneas imaginarias demarcadas por las cuyayas.
Ahí comienza su triste infierno sobre todo si van solas y a baja altura.
Las rapaces las perseguirán amenazantes sobre todo si tienen pichones por ahí, hasta dejarlas exhaustas, escondidas en alguna mata de cambrón que encuentren en el camino, si llegan a tiempo.
Esos vuelos rasantes sobre sus cabezas, esos gritos terroríficos, las garras que se convierten en púas mortales rozándoles las espaldas, no prometen un vuelo sereno hasta el hogar.
Hay que cortar las coordenadas y buscar refugio de estas arpías intolerantes antes de que cumplan su terrible destino.
Y ahí va la pobre garza solitaria como una nave ajada tratando de salir a puerto del horrible temporal.
Con las cotorras, que andan en grupo numeroso ‑por si acaso‑ no hay terror ni alaridos que valga.
Se las respeta como a nadie no así por aquellos que venden a los desdichados pichones en la autopista Duarte despojando a sus madres del tesoro de su vida.
Ellas no se encuentran entre los objetivos de las celosas cuyayas que controlan el espacio aéreo de los alrededores del Monumento y parte del sector La Zurza como quien ha adquirido una zona militar que patrullar con peligrosa insistencia de cosaco malhumorado.






